lunes, 24 de noviembre de 2014

Forever and always -Parachute.

Estoy sentada en el sofá, esperándole, deseando abalanzarme sobre él y recordarle después de un mes sin verle todo lo que le quiero.

Ni si quiera sabe que estoy aquí. Necesitaba darle una sorpresa después de todo este tiempo sin verle.

Me asomo a la ventana de su salón, de nuestro salón. Hay nieve y cubre toda la puerta sin dejar que ningún coche se acerque al garaje.

Miro el reloj. 23:45. 

Llevo dos horas esperándole. Pensaba que la nieve había sido la culpable pero empiezo a preocuparme seriamente. 

De repente, suena mi movil, es un numero que no conozco y el miedo que sentía, se intensifica.

-¿Si?-contesto asustada.

-¿Es usted familiar de Noah Jones?

-Sí, soy su prometida. ¿Le ha pasado algo?

-Será mejor que venga cuanto antes al hospital de la ciudad.

Y cuelgo. Cuelgo y vuelvo a diciembre, a cuando me dijo que me quería por y para siempre, sin ningún tapujo ni mentira. Que quería pasar el resto de sus días a mi lado. Y yo, irremediablemente, le dije que sí.

Voy a la parada de metro de al lado de casa. Voy llorando todo el camino pero por suerte, no hay nadie en el vagón.

Al salir, el frío aire me da de cara, llamo a mi madre y a la suya, para advertirlas, para decirlas que quizás deberían estar aquí porque yo sola no puedo enfrentarme a esto.

Entro al hospital y pregunto en el mostrador para que me indiquen su habitación pero solamente, con decir su nombre, ya saben quién es y no necesitan mirarlo ni en el ordenador.

Su cara refleja pesar, lamento, pero sobre todo, pena.

Y yo comienzo a llorar mas porque sé perfectamente el final de esta historia.

Me indican dónde debo ir y es una "habitación " separada por una especie de cortina típica del hospital.

La abro y ahí está. Lleno de cables sin sentido, que no le devolverán sus ganas de vivir, su sonrisa ni su fuerza.

Me siento a su lado y le cojo la mano. Pienso en todas esas conversaciones sobre tener hijos, nuestras peleas por los nombres, por dónde nos casaríamos y cuándo. Recuerdo nuestras peleas por ver quién quería más a quien.

Entonces, se me ocurre una idea. 

Él nunca quiso casarse por la Iglesia pero sí por lo civil. Aquí no hay ningún juez pero supongo que con un par de enfermeras me valdrá.

Salgo y las aviso. Las cuento mi plan y me abrazan. Y aparecen su madre y la mía y les cuento lo acabo de pensar y comienzan a llorar más.

Vuelvo a entrar a la habitación y con un par de anillos prestados, comienzo diciendo mis votos mirándole a los ojos:

Te quiero por y para siempre. En lo malo, en lo bueno, en todo. Envejeceremos juntos. Recuérdalo. Estés feliz, triste, lo que sea. Te quiero, por y para siempre.

Y suspiro, llena de lagrimas, oyendo cómo los presentes en la habitación lloran mientras sonríen.

Sus latidos se hacen cada vez mas lentos, pero con la poca fuerza que le queda y con una voz muy baja dice:

Te querré por y para siempre. Por favor, recuérdalo incluso cuando no esté ahí que siempre te voy a querer. Por siempre y para siempre.

domingo, 29 de junio de 2014

Historia inacabada. Parte I.

Son las 3 de la madrugada. Tengo sueño y me dispongo a irme a la cama pero antes, como cada noche, me asomo a la terraza para ver las estrellas en lo alto del cielo oscuro mientras ellas brillan con toda intensidad. El aire fresco que hace me mueve el pelo, removiéndolo como él quiere.

De repente, miro a la carretera y me encuentro como a diez chicos en la acera mientras que en la carretera hay como cinco pares de coches, uno en cada carril. Cinco en uno, cinco en el otro. A la misma altura, como si todo estuviera milimetrado.

Justo cuando me voy a meter hacia el salón para irme a la cama, varios chicos me llaman (como si fuera un perro) intentando captar mi atención.

-Eh, tú. Baja. Tenemos que hablar.

-¿Yo? ¿Contigo? No siquiera sé quién eres. Paso-digo lo suficientemente alto para que lo oigan pero no para despertar a mi madre y/o mi hermana.

Pero, sin embargo, un chico se acerca. Tranquilo y diciéndole algo al tío que me ha hablado antes. Se acerca lo máximo que puede a la puerta de fuera para decirme:

-No hagas caso a este tío, es imbécil. Tienes que bajar, tenemos que hablar contigo. Tengo que hablar contigo. Nos has visto y...

-No voy a llamar a la policía si es lo que piensas. No necesito más problemas en mi vida-digo tranquila, aunque por dentro me estoy muriendo de miedo.

-Baja, por favor.

-¿Puedo ir aunque sea a por las gafas? Estoy un poco cegata y eso.

-Si en cinco minutos no has bajado tiro piedras a la ventana.

-Eso es demasiado romántico y a ti no te pega.

Entro al salón y respiro hondo. ¿Cómo salgo de casa sin hacer ruido? Encima estoy en pijama y no me da tiempo a cambiar.

Ando deprisa por el pasillo sin hacer demasiado ruido, descalza.

Cojo el pantalón de estar por casa y una camiseta que está en la silla y me la pongo. Después, voy al baño a mirar qué cara tengo (de sueño, como no) y cojo las gafas.

¿En qué lío me he metido?

Salgo de casa, intentando hacer el menor ruido posible y me pongo las deportivas en el descansillo, para que nadie me descubra.

Bajo por las escaleras, el ascensor tarda mucho y hace demasiado ruido.

Cuando estoy saliendo del portal, un sentimiento de pánico me invade. Debería darme media vuelta pero... Él ya me ha visto.

Voy caminando hacia él, sin prisa pero sin pausa.

-¿Qué ocurre?-digo mirándole. Mierda, sus ojos. Son preciosos. Y la sonrisa. Puta sonrisa. No, Amaya, no. No lo hagas. No te lo hagas. Mira en la mierda en la que está metido.

-Ven, vamos a mi coche. Ahí podremos hablar tranquilamente-dice mientras tira de mi mano, suavemente.

Es un coche de estos tuneados, aunque por dentro es de lo más cómodo.

-No puedes decirle a nadie lo que has visto. A nadie. Ni a tu familia ni a tus amigos. ¿Entendido?-dice serio mientras conduce por una de las calles del barrio, muy despacio.

-¿Qué eres? ¿Mi padre? Tú no me das órdenes. Y quiero bajarme, no me dio de ti.

-No te ni a secuestrar ni a violar. Te lo prometo. ¿Cómo te llamas?-pregunta, interesado.

-Primero tú. Necesito algo para poder fiarme de ti.

-Está bien... Me llamo Lucas y tengo 21 años-dice mientras saca el carnet de indentidad para que vea que es real-. Y no, ese carnet no es falso.

-Supongo que debo creerte. Soy Amaya y, por desgracia, tengo 17.

-Demasisdo pequeña.

-¡Eh! ¡Un respeto! Se suponía que esta charla iba a ser una advertencia sobre lo que no debía hacer. No de lo que no puedes hacer conmigo.

-La mayoría de las chicas, nada más verme, lo primero que me preguntan es dónde lo podemos hacer. Y a las que monto en el coche porque nos ve preparados para hacer la carrera, chillan y patalean para que las deje bajar. Es extraño que tú no seas así.

-Ante situaciones de pánico suelo quedarme quieta y respirar hondo. Sólo que hoy me apetece contestarte.

Ambos nos quedamos en silencio, sin decir nada. Él, se mete de nuevo en mi calle y haciendo un par de maniobras, deja el coche tal y como estaba.

Placas se ha bajado del coche y está dando la vuelta por la parte delantera para venir y abrirme la puerta. ¿Acaso eso se sigue haciendo? Creía que estaba extinguido.

Salgo y cuando él cierra la puerta me apoyo en ella. Las piernas me tiemblas del miedo y lo último que quiero es andar y caerme, porque corro ese riesgo.

Él se acerca a mí, quizás demasiado, quizás muy poco.

-¿Te volveré a ver?-pregunta en apenas un susurro.

-Puede. Nunca se sabe-digo mientras le miro a los ojos.

martes, 24 de junio de 2014

Cacao mental.

Pensamientos. Miles de pensamientos rondando por la cabeza. Algunos alegre, otros tristes.

Quiero que todo aquel que me rodea sea feliz, pero a veces me olvido de mí y de lo que realmente yo quiero.

¿Quiero esto? ¿O prefiero aquello? Pero es que a esta persona le haría feliz esto, sin embargo a la otra le gustaría lo contrario. ¿Qué hago?

Eso suele ser mi vida. Eso. Decidir qué contenta el qué a quien. Decidir cosas que la mayoría de ellas, a mí no me gustan pero quiero que todos sean felices, todos. Aunque yo acaba amargada.

Yo sólo quiero ver a todo el mundo sonreír... Pero yo también quiero hacerlo.

viernes, 23 de mayo de 2014

Sin sentido.

Hay días en los que no entiendes tu estado de ánimo, en los que de repente estás eufórica y al segundo, quiere estampar el puño contra la pared.

Esos días son los más complicados de sobrellevar.

Tienes que fingir durante todo el día una sonrisa que no sientes. ¿Por qué ese estado de "mejor así durante un par de horas pero ahora te jodes y te pasas la tarde deprimido" y no ese estado "estoy triste" o "estoy feliz"? ¿Por qué ese estado sin sentido?

Hacia tiempo que no tenía el estado de ánimo tan sumamente mezclado y no, no lo echaba de menos porque aunque cuando me pregunten "¿qué tal estás?" automáticamente diga que "bien", hoy es uno de esos días en los que diría "¿puedes saltar a otra pregunta? Porque no sabría qué responderte".